Posteado por: escritor apasionado | 25 octubre 2009

Una noche con sabor agridulce

onuba

Antonio se armó del arrojo suficiente para ir a ese encuentro con Ximena, a quien conoció en una de esas capacitaciones a las que asistía con cierta frecuencia. Hace un año que no la veía, cuando salían en grupo con sus amigos. De ese modo habían forjado una amistad sólida, pero nunca hubo ocasión de salir solos. Ese sábado estaba tan efusivo que su rostro desbordaba alegría y seguridad. Por la tarde se cercioró que cada prenda conjugara estéticamente bien. El encuentro sería en Onuba de San Borja.

Llegó minutos antes de lo pactado y aprovechó para dar un vistazo a las últimas publicaciones en librería Crisol de Plaza Primavera. Mientras leía unos cuántos párrafos de El hombre metroemocional, su celular vibró en su bolsillo.

-Aló Ximena.
-Hola Antonio. ¿Dónde estás?
-¿Ya estás allí?
-Estoy entrando por la puerta de Cine Planet.
-Te doy el encuentro.
-OK. Nos vemos.

Antonio dejó el libro en el mostrador de la librería y caminó por el mezanine hacia la puerta principal de aquel centro comercial. Vio a Ximena vestida tan sensual que acaparó casi todas las miradas de quienes merodeaban en el hall. Bajaron y entraron a la discoteca. Ella pidió un vodka con naranja y él un pisco sour.

Ambos conversaron sobre lo bien que les iba en sus respectivas vidas profesionales. De lunes a viernes ambos no tenían tiempo para salir, pero siempre aprovechaban salir los fines de semana para relajarse un poco. Hasta que llegó el momento de hablar del amor. Por respeto a la acompañante y a lo que tal vez pueda llegar a pasar con ella Antonio prefería ocultar su pasado y tragarse esa amarga historia de amor que hace meses lo dejó sumido en la más profunda congoja. Si llegaba a pasar algo se lo contaría después.

Mientras conversaban ambos descubrieron que ambos fueron al concierto de Oasis, que abarrotó con 44 mil personas el Estadio Nacional. Antonio recordó el instante preciso cuando saltó y gritó para poder corear Don’t look back in anger.

-Yo fui con mis amigas de la chamba, ¿Y tú, con quién fuiste al concierto?
-Con Miluska, una chica que la conocí de un modo inusitado mientras tomaba un daiquiri en la barra del Mao Bar.
-¿Mao Bar? ¿Dónde queda eso?
-En el centro de Lima. Ese día hicieron un especial con la música de Depeche Mode.
-Ah mira, qué chévere, por lo visto te llevas muy bien con ella. Y ese día del concierto después qué hicieron.
-No creo que sea buena idea contártelo jajá.
-Jajá, uy mejor no me lo cuentes, pero ya me imagino.

Mientras tomaban los tragos cortos que la discoteca ofrecía a sus clientes noctámbulos, ambos se dirigían una mirada taciturna debajo de la cuál había un resquicio de atracción y deseo que aún no verbalizaban. Hasta que Antonio se armó de valor y cogió la mano de Ximena, la miró fijamente a los ojos y le confesó lo mucho que le gustaba, lo bien que se sentía a su lado, lo encantado que estaba con su forma de ser. Ella se sonrojó, miró hacia abajo y dijo:

-Tú también me agradas mucho Antonio, además eres bien chévere, me alegra mucho que sientas lo mismo que yo.

Fue entonces cuando Antonio besó sus labios de nácar. Mientras la besaba quería que ese segundo se petrificara, quería que el tiempo se congelara para siempre. Los incautos testigos solo atinaban a mirar los apachurrados besos que se daban, después de los cuáles vino un abrazo muy tierno.

De pronto el destino volvió a hacerle una pésima jugada a Antonio. El celular de Ximena vibró y tuvo que ir al baño a contestar. Su amiga Lilian, a quien convenció para cuidar a su hermano menor de dos años, le llamó para contarle que en un descuido el niño se había caído de la escalera. Sin rumiar, Lilian salió despavorida del lugar hacia su casa pidiéndole disculpas a Antonio.

Antonio la acompañó hasta su casa y se ofreció llevar a su hermano al médico, pero ella le contó que se encontraría con sus padres –quienes la habían dejado a Ximena a cargo de su hermano- en la clínica, así que agradeció el gesto y le dijo que lo mantendría al tanto del asunto.

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