Posteado por: escritor apasionado | 10 octubre 2009

La taberna de Don Richard

conan-taberna

Ese fin de semana cometí uno de mis peores errores. Mi amigo me había sugerido que salga, que me divierta, que conozca amigas y personas nuevas en mi vida. Haciéndole caso, concerté una cita con mi amiga Johana en Plaza Vea de la Av. Panamericana, cerca al Mega Plaza.

Al encontrarnos caminamos unos cuantos pasos y le propuse ir a La taberna de Don Richard, un lugar muy apropiado donde se podía conversar tranquilo con una música de fondo, el ambiente era agradable y podíamos tomarnos unos cuantos vinos. Hacia tiempo que no iba por ese lar, incluso a veces por las noches se presentaban grupos de cumbia y salsa.

Antes de ingresar al local, me sorprendió diciéndome que ella no tenía la llave de su cuarto, así que tenía que esperar a una amiga, con quien vivían juntas para que le entregara la llave.
La esperamos cerca de veinte minutos, de pronto apareció:
-Hola Lorena, que tal, te presento a Antonio.
-Hola Antonio, mucho gusto.
-El gusto es mío, Lorena.
-¿Sabes? Estoy algo aburrida, ¿puedo ir con ustedes?
-Claro, vamos.

Caminamos nuevamente hacia el local, nos ubicamos estratégicamente en una mesa desde donde se podía apreciar el show artístico. Pedimos un vino semi-seco Tabernero. A las chicas le gustaba porque no era ni tan dulce ni tan amargo, tenía un sabor agradable y equilibrado, además emitía un aroma muy suave.

Mientras brindábamos me comentaron que años atrás habían vivido en el Ecuador, incluso empezaron a narrarme con lujo de detalles las costumbres y el trato que recibían de los ecuatorianos. Por ejemplo me contaron que cuando subían a un bus de servicio público, antes de bajar tenían que decir: “mande, bajo en la esquina”. Esa palabrita “mande” era propio del país norteño y de uso común en su vida cotidiana. También me hablaron muy bien del malecón de Guayaquil.

Lorena me contó que también había vivido algunos años en Trujillo. Esa confesión me hizo recordar el viaje que hice el año pasado con un amigo, donde además de pasarla muy bien, le comenté de algunos lugares que conocía en el centro de Trujillo. Sin embargo, no lograba recordar del todo el nombre de una peña de la cuál quedé encantado, así que salí del local y llamé a mi amigo para que me recordara el nombre.

La peña se llamaba El Evaristo y estaba ubicada en la urbanización Santa Inés en Trujillo. Era una peña donde hacían participar a los clientes. Uno podía pedir su tema preferido y al instante te lo cantaban. Una de las cosas que me sorprendió de esta peña trujillana, era que toda la gente se conocía y se saludaban, lo cuál me hacía pensar lo pequeña que era la ciudad. Por cierto las trujillanas son tan hermosas que dan ganas de quedarse.

También conocí el Tananas (mucho mejor que La Peña del Carajo en Lima), ubicada en pleno centro de Trujillo, tenía dos ambientes, uno de discoteca y otro de peña. Hicieron un show perfecto mostrando bailes de todos los rincones del país, desde marinera, tondero, huayno, música de la selva, negroide, afro, entre otros. Después del show, una orquesta animaba la noche con cumbias, salsas, merengues y rock.
Quedé muy agradecido por la acertada elección de mi amiga Helen, -qué será de su vida ahora me pregunto, a lo mejor me anime a llamarla- quien ese día en Trujillo llevó a un par de amigas que habían venido de Lima por cuestiones laborales.

Mientras me entretenía contándoles mi viaje a Trujillo, en el tablón de La Taberna de Don Richard, se presentaban unas cantantes y bailarinas de cumbia. Una de ellas tenía ciertos rasgos parecidos al de mi ex enamorada y cantaron No me arrepiento de este amor, una canción que para coincidencia, era la que siempre nos mantuvo unidos el tiempo que estuvimos juntos.

Al escuchar la canción traté de no pensar en ella, pero el sentimiento me ganó y cambié abruptamente de ánimo. Cómo habrá sido mi expresión tan triste que mis amigas me propusieron mejor dejar ahí la plática y mejor retirarnos porque no se me veía nada bien. Les pedí perdón por el incidente y salimos presurosos, caminamos hasta la avenida Carlos Izaguirre de vuelta a casa.

Mi amiga Johana la afectó no se si mucho o poco el vino porque empezó a hablar con un aire de acento colombiano, que causaba mucha gracia escucharla, lo peor es que ella no era consciente de su cambio de voz.

Tomé un taxi, lo único que quería en ese momento era estar en mi cama para agarra mi almohada y echarme a llorar. Le pedí al taxista que vaya rápido. En menos de cinco minutos llegamos. Bajé del taxi, subí rápido al tercer piso, abrí la puerta del departamento y me eché a llorar como un niño, no miento que me la pasé así por una hora seguida. Quería desahogarme y llamé a mi hermana, quien sabiamente me supo consolar y dar ánimo para tranquilizarme. Hablamos cerca de quince minutos, luego colgué y me eché a dormir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: