Posteado por: escritor apasionado | 10 octubre 2009

El día de la amistad

Amistad
Las semanas pasaron muy rápido, hasta que el calendario marcó el 14 de febrero. El caer en día sábado hacía más propicia las salidas entre amigos o enamorados. Por la mañana me dediqué a sacar adelante un trabajo independiente que lo realizo en mis tiempos libres. A la hora del almuerzo me llamó Ana, una amiga que había conocido por Internet. La última vez que me llamó fue para año nuevo y habíamos postergado nuestro encuentro desde semanas atrás. Quedamos en vernos en Plaza San Miguel.

Al llegar, caminos y nos sentamos a tomar unos cuantos pisco sours en uno de los establecimientos que hay al interior de la remodelada plaza. Ana también estaba sufriendo las consecuencias de un amor no correspondido, tal como le sucedía a Fabiola, con la diferencia que ella aún no había decidido renunciar por completo al objeto de su amor. Por mi lado, no podía afirmar lo mismo porque aún la tenía muy dentro de mi corazón, pero al menos había tomado la decisión de alejarme de ella, pues yo sabía lo que valía y no iba a permitir humillarme por alguien que no merecía mi amor.
Mientras le contaba a Ana mi dolorosa situación afectiva, se quedó asombrada por la valiente decisión de haberme apartado de quien amaba. El tiempo solo se iba a encargar de sanar y cicatrizar esa herida que estaba por el momento muy abierta en mi alma.
Las horas se pasaron sin darnos cuenta, conversamos mucho, incluso me contó que tenía familia en Lobitos, un distrito de Talara (Piura). Hablamos sobre nuestras familias, aficiones, pasatiempos, estudios, trabajo, afectos, entre otras cosas. La conversación se tornó tan interesante que luego nuestra despedida fue rápida pues ella tenía que ver a su familia – al menos eso fue lo que me dijo- y yo tenía que recoger en Miraflores un trabajo para llevarlo a mi casa.
Tomé un taxi hasta el Ovalo Miraflores y recogí el pesado paquete para llevarlo a mi casa. Mientras caminaba por el parque Kennedy, sentí envidia y pena a la vez al ver a los centenares de parejas dándose muestras de cariño y de amor. Envidia porque me moría de ganas por estar al lado del ser que aún amaba y pena porque sabía que eso nunca volvería a ocurrir. En honor a la verdad sentí más pena que envidia, así que no dudé en contarle mi historia al taxista que me llevó de regreso al centro de Lima. Él me contó que tenía su novia trabajando en la casa de los dueños de Saga Fallabella, en Santiago de Chile. Me narró la forma dura en la que tenía que trabajar para ahorrar y viajar con cierta frecuencia a Santiago para poder ver a su novia. Unas veces venía ella a Lima, otras veces iba él a Santiago. Dentro de poco, se casarían y serían felices para siempre, al bajar le deseé la mejor de las suertes en su proyecto amoroso de vida.
En el trayecto a mi casa no dejé de pensar en lo cerca que estuve del matrimonio, pues tenía planes de casarme, pero ahora, con la sabiduría que da el tiempo agradezco a Dios que en su momento se dio esa penosa ruptura, pues de haber seguido con ella y haber llegado hasta el altar, nuestro matrimonio hubiera sido un auténtico fracaso, no por mi parte, sino porque ella ya no me quería y eso había que reconocerlo, aunque me dolió mucho admitirlo y luego asimilarlo, superarlo.
Al llegar a mi casa me di un baño y mientras me secaba con la toalla me llamó Elsa, hermana de una amiga con quien años atrás compartimos la misma casa. Ella vivía en el segundo piso y yo en el primero. Quería presentarme a su amiga Jacky. Una chica muy agradable, al menos esa fue mi primera impresión. Aunque la noté media tímida y cohibida.
Teníamos algo en común, nuestro gusto por el rock y la buena música. Sinceramente me quedé encantado con su forma de ser, pero después de ese día desapareció súbitamente del mapa. Elsa me contó que viajó al interior por cuestiones familiares. Me quedé con las ganas de volverla a ver.
Mi vida espiritual estaba tan consolidada que desde mediados de enero no volví a tener una nueva depresión, por dentro estaba muy tranquilo, en paz. Con un equilibrio envidiable, que la mayoría se sorprendía pues en tan poco tiempo parecía un milagro haber superado aquella crisis afectiva en mi vida.

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Responses

  1. Oh my god loved reading your article. I submitted your rss to my reader!!

  2. Con qué gusto vez disfruté la dependencia:)

    por hoy, no quiero depender.

    Saludos


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