Posteado por: escritor apasionado | 9 octubre 2009

El encuentro

despedida

Llegué puntual al encuentro, la volvía a ver después de dos semanas que para mí se habían convertido como en un mes.
Al ver que ella no había llegado aún, me senté en unas gradas. Desde ese peldaño miraba las combis que pasaban por la avenida Javier Prado, veía la gente salir de su trabajo, queriendo ir de prisa a sus casas.

Reconozco que siempre detesté la impuntualidad, será porque soy algo impaciente. Sin embargo, ese día sin molestarme esperé más de veinte minutos. Llegué a pensar que se había olvidado o quizás no quiso ir.
Al instante bajó de una combi, me miró y me preguntó:
-¿Estás molesto?
-No para nada.
-Discúlpame por la demora, lo que pasa es que tuve unas pacientes en la cínica y salí tarde.
-No te preocupes.
Le propuse tomar un taxi e irnos a Miraflores para platicar con más tranquilidad, pero prefirió ir cerca de su casa, no sin antes pedirme que la acompañara a la farmacia a comprar una pastilla para su estómago.
Caminamos unos pasos hacia Inkafarma, ubicada entre Petti Thouars y Javier Prado, al no tener sencillo pagué la pastilla. Luego salimos y nos subimos a un taxi.
Una vez dentro, le dije que la estaba pasando muy mal lejos de ella. Le conté que no podía dormir, ella sólo atinó a abrazarme y darme un débil consuelo. Cuando llegamos a la esquina de su casa, nos sentamos en un sardinel a conversar a escondidas pues sus padres no querían que nos encontráramos a fin de que ella pensara bien las cosas. Una vez sentados, ella empezó a argumentar las razones de la ruptura:
-La relación no iba nada bien, cuando tú estabas en Piura, dejé de extrañarte y ese no es un buen síntoma de mi amor hacia ti. Además estoy confundida por lo que ya sabes, estoy entre la espada y la pared, tú eres un hombre maravilloso, en estos días te he valorado mucho, pero he perdido la ilusión por ti…quiero estar sola un buen tiempo para definir lo que siento.
Después de escucharla, pensé romper en llanto, pero me contuve y le dije:
-Quiero que sepas que te amo como nunca antes amé en mi vida, soy capaz hasta de dar la vida por ti, si un día me dicen córtate la mano por ti, me la cortaría porque te amo. Yo estoy dispuesto a todo con tal de salvar la relación, pero es algo que depende de ti, piensa bien las cosas, si un día quieres conversar algo no dudes en llamarme.
Mientras le decía eso, ella se echó a llorar y no dejó de hacerlo por media hora. Tanto así que tuve que ofrecerle mi pañuelo y le sequé sus lágrimas.
Los minutos se pasaron volando y ella tenía que regresar a su casa, se puso de pie y la abracé muy fuerte. La abracé tan fuerte que lloré, sentía que ese abrazo sería el último que le daría en mi vida. Sentí que con eso, era la despedida final. Mientras la abrazaba, le dije que la amaba demasiado. Le pedí que no se vaya de mi vida, pero ella sólo me escuchaba.
Compramos algo en la tienda, caminamos un poco y se disculpó por haberme tratado tan fríamente por el celular. Según ella, era una táctica para lograr que yo me distanciara de ella, pero al ver que el efecto era inverso, me dijo que la perdonara por su actitud distante. Nos volvimos a abrazar, me pidió que me cuidara, en la esquina le di un papel en el cuál le dedicaba el siguiente poema de Medardo Angel Silva (Ecuador, 1898-1919).

El alma en los labios

Cuando de nuestro amor la llama apasionada
dentro de tu pecho amante contemples extinguida,
ya que sólo por ti la vida me es amada,
el día que me faltes, me arrancaré la vida.

Porque mi pensamiento, lleno de este cariño
que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo,
lejos de tus pupilas es triste como un niño
que se duerme soñando con su acento de arrullo.

Para envolverte en besos quisiera ser el viento
y quisiera ser todo lo que tu mano toca;
ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento,
para poder estar más cerca de tu boca.

Vivo de tu palabra y eternamente espero
llamarte mía, como quien espera un tesoro.
lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero
y besando tus cartas, ingenuamente lloro.

Perdona que no tenga palabras con que pueda
decirte la inefable pasión que me devora:
¡para expresar mi amor solamente me queda
rasgarme el pecho, Amada, y en tu mano de sea
dejar mi palpitante corazón que te adora!

Pasaron unos días más, y al ver que la incertidumbre se hacía interminable, decidí llamarla para plantearle volver a salir y recuperar la ilusión en esos encuentros. Ella me dijo que solo quería verme como amigo. Eso me hundió más porque era imposible ver con ojos de amistad a alguien por quien sientes amor. Es como estar a su lado en amistad, pero lejos a la vez por desamor.
Una de esas noches me dije a mi mismo como prometiéndome algo que no sabía si a ciencia cierta lo iba a cumplir:
“Ya has sufrido bastante hondo, has llorado demasiado, pero no tiene sentido que sigas viviendo así sumido en la más profunda depresión, sabiendo que el objeto de tu amor se ha ido y nadie sabe si volverá. Así que mejor desaparece de su vida lo más pronto y corta cualquier tipo de comunicación con ella para evitar que tu dolor se agrave”.
La llamé y le pedí que a partir de ese momento había tomado la decisión de alejarme para siempre de ella, le prometí no llamarla, ni escribirle, ni buscarla. Le pedí lo mismo de su parte. Ella estuvo de acuerdo.
En ese instante fui a mi computadora y borré todas nuestras fotos, luego junté todas sus cartas y obsequios para guardarlos en una bolsa. La cuál la mantuve escondida por unos meses más.

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