Posteado por: escritor apasionado | 8 octubre 2009

La depresión

enconstruccin
El martes 30 de diciembre desperté más temprano que de costumbre. No era usual porque durante mis vacaciones por lo general solía levantarme más tarde y hacer lo que mejor me plazca, aún no terminaba de asimilar la ruptura del día anterior, así que encendí la computadora y me puse a escuchar música de Annette Moreno, Alejandro Fernandez, Laura Pausini y Miriam Hernandez. Fue entonces cuando boté el primer lote de lágrimas que jamás había emanado de mis ojos, no paré de llorar por más de una hora.

Acongojado, me aferraba a mi almohada, la apretaba fuerte, me daba volteretas sobre la cama, me agarraba fuerte el cabello tratando de comprender en qué momento se fue al tacho mi relación sentimental con ella. Ni el radiante sol que ya empezaba a salir con mucha fuerza pudo atenuar mi tristeza.

De tanto llorar y pensar me quedé dormido, no había desayunado y llegando la una de la tarde sentí hambre y me fui a almorzar. Antes de ingresar al restaurante donde vendían un menú apetecible, cerca de mi casa, timbró mi celular, era ella. Me decía que me extrañaba mucho, que la perdone, pero la ruptura era algo que tenía que ocurrir. Yo le dije que ella era libre de tomar la decisión que mejor le parezca, aunque por dentro me moría de ganas por regresar con ella, de volverla a ver.

Al día siguiente por la mañana decidí hacer una limpieza general en mi departamento, quería botar la mala vibra y recibir el año nuevo con la casa limpia. Incluso me fui a comprar ropa nueva, la cuál lucí esa misma tarde cuando me encontré con ella en el parque Kennedy de Miraflores. Al verme me tomó de la mano y nos sentamos a conversar en una banca frente al Café Haití.

A juzgar por su expresión parecía no afectarle tanto como a mí la ruptura. ¿Será que ya me había dejado de querer para siempre? Me volvió a repetir que necesitaba tiempo para aclarar sus cosas y aproveché para decirle lo mucho que me dolía no poder pasar el año nuevo juntos, incluso acaricié su rostro y su cabello. Luego me dijo que tenía que ir a ayudar a su mamá a hacer unas compras, me dio un abrazo, un beso en la mejilla y se fue deseándome que pasara un feliz año.

Me pareció increíble que me deseara que la pasara bien, sabiendo de antemano que mi corazón estaba destrozado por dentro a causa de la separación, pero a la vez porque en mi interior sabía que ella por la noche trabajaría en la discoteca y seguramente el primer abrazo de año nuevo se lo daría a ese intruso que sin ningún tipo de respeto y reparo, irrumpió en la relación.

Llegué a mi casa totalmente desanimado, estaba solo en Lima, sin nadie con quien compartir la venida del año nuevo. Pude haber visitado a un amigo que vive en Miraflores, pero la tristeza me carcomía el alma como esas polillas que se la agarran contra las maderas. Estaba deshecho por dentro.

Antes de mi viaje a Piura compré algunas cosas para una cena romántica. Dentro de ellas, tenía conservas de durazno, las cuáles pensé compartirlas con ella en la cena de año nuevo. Pero tuve que comérmelas una por una con mi soledad. Mientras las comía nuevamente las lágrimas caían como esas lloviznas del invierno limeño.
Terminé de comer y me eché sobre mi cama a dormir, o al menos a intentarlo porque no dejaba de pensar en ella. Después de unas horas, ya había empezado conciliar el sueño, pero el sonido de los juegos artificiales me despertó por completo, la música y el festejo que se escuchaba desde la calle me robó el sueño.

Sentí una mezcla de indignación e impotencia, una rabia que me laceraba el corazón, le eché en mi mente toda la culpa a ella, como la autora de estar recibiendo el 2009 de la peor forma que haya podido.
Todos fuera del departamento celebraban, bailaban, reían, tomaban; y yo hecho un mar de llanto. Más tarde, recibí algunas llamadas de mis familiares desde Piura, ellos festejaban el año nuevo. A lo mejor fui un perfecto cojudo al quedarme allí en mi cama, pero no tenía alma para levantarme.

Desde aquel día no pude dormir, dejé de comer, bajé tanto de peso que incluso los pantalones empezaban a quedarme flojos. Hice hasta lo imposible por volverla a ver, pero ella argumentaba que su familia le había prohibido verme para que ella tuviera libertad de poder pensar bien las cosas. Lo que sus padres ignoraban es que de alguna forma estaban favoreciendo que ella se vea en su trabajo con el “amigo” en cuestión.

Sentí que eso era injusto, porque si ella necesita tiempo, tendrá todo el tiempo del mundo, si ella está confundida tiene derecho a aclarar sus sentimientos y darse cuenta de lo que siente su corazón, pero esa decisión debería darse en un contexto imparcial en el que ella no me vea ni a mi ni a su “amigo”, que por aquel entonces ya se había convertido en algo más que un simple amigo.

Así pasaron los días hasta que el fin de semana fui a Miraflores a visitar a mi amigo, a quien le conté de forma resumida lo que había pasado. Él, al notarme triste y melancólico, me dijo: “No te preocupes, todo en esta vida pasa, es sólo una nube negra que se está posando en el cielo de tu vida, pero luego eso pasará, Dios no ha muerto, sigue vivo, sé que es difícil porque estás recién en la peor etapa, pero ánimo, las cosas ocurren por algo, así que sé fuerte”.

Al escuchar esas palabras me puse peor, y empecé a llorar dentro de su auto. Le pedí que por favor se diera una vuelta por la casa de ella, no para visitarla porque sabía que a esa hora estaba trabajando y saliendo de su trabajo probablemente se encontraría con el susodicho para convertir quizás esa aventura en un romance formal.

Paseamos con el auto por todo el camino por donde siempre la acompañé a ella al mercado de Surquillo para que compre su emoliente. Luego ingresamos a la calle donde vivía y le pedí que estacionara el auto justo al frente de su casa, al ver la vereda y la puerta recordé con amargura y con tristeza las veces que estuve allí parado por amor. Dimos la vuelta al parque y nos retiramos.

Aún estaba medio aturdido, así que sin muchos ánimos le pedí a mi amigo que me dejara en la intersección de la avenida Angamos con Paseo de la República, para tomar colectivo hacia el centro de Lima y de allí otro que me lleve al cono norte.

Los días siguientes fueron de mal en peor. No comía, no dormía. Al día tenía tres crisis depresivas, de una hora cada una, en la que lloraba y lloraba. Durante esa primera quincena de enero, la peor de todo el proceso, gasté –no me van a creer- 16 rollos de papel higiénico que sirvieron para secar mis lágrimas.

En promedio gastaba un rollo por día. Conforme pasaban los días me refugiaba más en Dios, pero por las noches la llamaba a su celular, a veces me cortaba aduciendo que se le había bajado la batería. Con lo cuál comprobé que estaba en otra, que yo ya había dejado de existir en su mundo sentimental. Incluso su trato cuando contestaba mis llamadas era muy frío y distante, muy cortante, como si estuviera hablando con un desconocido. Con esto se cumplía al pie de la letra lo que mi amigo me dijo respecto a las mujeres: “cuando una mujer ya no te quiere, no le importa nada en botarte de su vida como si fueras cualquier cosa”.

A pesar de lo evidente, me quedé con las ganas de verla, de conversar con ella desde el año nuevo. A los once días del mes de enero pudimos acordar un encuentro, sería a las 8.30pm en el cruce de la Av. Arequipa con Javier Prado.

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