Posteado por: escritor apasionado | 7 octubre 2009

Mi viaje a Piura

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Cuando llegué a Piura me alegró mucho reencontrarme con mis seres queridos. Pensé que después de la pronta partida al cielo de mi querido abuelo, mi familia perdería esa tradición y buena costumbre de reunirse semanalmente con frecuencia para conversar, contar chistes y anécdotas, comer, tomar, bailar y compartir experiencias agradables. Pero estaba equivocado, porque al contrario, después de la partida de mi abuelo, la familia se unió más que nunca. Tanto así que después de navidad, hicimos una reunión que duró todo el día, fui tan feliz ese día al sentirme una vez más, formar parte de esa familia que tanto quiero y que por razones de trabajo la tenía lejos, a cientos de kilómetros. Distancia que se hacía cada vez más larga cuando más ganas tenía de estar cerca a mi familia. La familia siempre ha sido y será uno de los valores que rige mi vida porque sin ella no hubiera sido lo que soy ahora. En ella forjé el respeto, el estudio, el crecimiento personal, la unión, entre otras cosas más.

Nunca imaginé siquiera por casualidad que esa algarabía que en navidad inundaría mi rostro con sonrisas y carcajadas, días después en año nuevo cambiaría abruptamente el giro de mi vida por causa de un amor no correspondido.

Después de esa inolvidable reunión familiar, que me hizo recordar mis años de universitario, también me reuní con un par de excompañeros de estudio, ¿Cómo me voy a olvidar de mi pata Erick Ayala?, con esa risita inconfundible y esos chistes medios simplones que se contaba y a los que uno tenía que desbordar cierta sonrisa no se si por despecho a no tener quien le cuente mejor chiste o simplemente por compromiso. ¿Cómo olvidar al indiscutible Felipe?, más amigo de la ex que de mi.

Estuvimos en una calle de Catacaos viendo el show artístico de un tal “Chajuelas”, que por cierto tenía buen sentido del humor. Ya dentro del local volvi a ver el rostro de una mujer que hace más de 10 años no veía, se trataba de la hermana de una ex enamorada. La comida, el ambiente y la música del local eran agradables.
Sin embargo, mientras derretía mi paladar con los exquisitos platos piuranos, me veía interrumpido continuamente por las incesantes llamadas que al celular me hacía la que en ese entonces era dueña de mi corazón, de mis pensamientos y de toda mi vida. Tanto así que mis amigos se incomodaron.

Antes de viajar a Piura, quedé con ella pasar el año nuevo cuando regrese a Lima. Pero en su sorpresiva llamada me informaba que no iba a poder pasar el año nuevo conmigo porque tenía que apoyar en la discoteca de un primo suyo y trabajar como cajera.

Me molestó mucho que no cumpliera su palabra y el acuerdo que previamente llegué con ella. Pero su familia la estaba presionando para que trabajara, así que le dije que normal, que trabaje y que luego hablaríamos al respecto.

Por el momento me olvidé del asunto porque lo que quería era gozar del show y del reencuentro con mis excompañeros de universidad. Así que volví a ingresar al local para terminar el exquisito plato que se estaba enfriando. Estuvimos cerca de tres horas, después de las cuáles nos despedimos y me fui a casa a darme un baño y cambiarme pues había quedado con Liliana- una amiga a quien por cierto quiero mucho porque nos unen años de amistad sincera- para vernos en la noche. Hace tiempo que no la veía.Ella siempre había sido mi confidente, mi amiga de toda la vida, alguien que sabía no solo escucharme sino también darme sabios consejos en el momento oportuno. Aunque hubo un tiempo que esos acercamientos amistosos causaron más de un mal entendido en mi entorno.

La fui a recoger a su casa y estuvimos en una discoteca en el centro de Piura. Comimos, bailamos y tomamos; pero sobretodo conversamos horas seguidas, en las que le conté lo desmotivado, triste y desalentado que me sentía respecto a la relación que mantenía con mi enamorada pues los últimos meses me había dado claras señales de su desamor. Yo estaba atado de pies y manos porque había una parte de mi que me decía: “No seas tonto, termina de una vez por todas con esa mujer que te está haciendo sufrir, que no te hace feliz, que te miente, que no llena tu corazón”. Pero había otra voz que luchaba contra todo eso y que me gritaba al oído: “Sigue con ella porque la amas, sigue dando todo de ti, no importa si ella no te quiere, lo que importa es que tú la ames”. Al final, en conclusión la razón me decía que terminara, pero el corazón me gritaba que siguiera.

Dejándome llevar por mi corazón hice una llamada como a la medianoche, donde ella me prometió -una más de sus promesas incumplidas- que pondría todo de su parte para salvar la relación. Aquella noche la pasé de lo lindo con Liliana, bailamos mucho, debo reconocer que baila como los dioses.

Las horas se pasaron volando, alrededor de las tres de la madrugada, nos despedimos y me fui a descansar a mi casa. Al día siguiente acompañé a mi familia a la misa dominical. Luego salimos al cementerio a dejarle flores a mi abuelo. Ya de regreso a casa, almorzamos y la hora de mi regreso a Lima se acercaba. El bus salía a las 5 de la tarde y aún no había empacado nada. Traté como pude de arreglar mi equipaje. Me despedí de mis familiares y salí apurado a tomar un taxi. Le pedí que me llevara rápido hacia la agencia. No tuve tiempo para ir a comprar como de costumbre la bolsa de chifles que siempre le llevaba a la madre de mi enamorada.

En el taxi me acompaña mi madre. Miré con cierta pena las calles piuranas como si fuera la última vez que las fuera a ver. En menos de diez minutos llegamos a la agencia de transportes Cruz del Sur. Me acerqué a consignar mi equipaje. Los minutos pasaron pronto. Después de registrar mi boleto y verificar mi documento de identidad, subí y me senté al lado de la ventana para poder ver el camino mientras viajo. En ese momento, cuando el bus se alejaba de la tierra que me vió nacer, sentí una extraña sensación, volví a sentir ese miedo detestable que me generaba incertidumbre. Era la forma de expresarse mis malos presentimientos, los cuáles nunca fallaban. Sentí que lo peor me esperaba en la capital.

No recibí llamada alguna de mi enamorada siquiera para saber cómo estaba. Me extrañó mucho su silencio pues la noche anterior habíamos hablado y me prometió poner todos los medios que estén a su alcance para poder salvar la relación.

Al ver que no me llamaba, decidí hacerlo por cuenta propia. Marqué el número cuantas veces pude, pero no me contestó hasta horas después, antes de que el bus llegara a Trujillo.

Cuando me contestó su tono era frío, distante y seco. Parecía que no era ella, con eso comprobé por primera vez que había decidido sacarse el disfraz con el que había aparentado amarme. Por eso hay que ser muy responsable cuando decimos “te amo”. No basta con decirlo, hay que sentirlo, expresarlo y demostrarlo con hechos.

Noté de inmediato que algo ocurría y me dijo que conforme llegara a Lima, quería conversar conmigo. Temiendo lo peor, me adelanté y le pregunté si lo que quería era terminar conmigo. Con una frialdad espeluznante me dijo que no le quedaba otra opción.

Las lágrimas inundaron mi rostro y solo atiné a decirle que ya, que al día siguiente conforme bajaría de ese bus, iría a verla, a buscarla para saber lo que había pasado. Sus palabras no dejaron de retumbarme al oído y el gran peso del dolor no dejaron de herir sobretodo mi corazón toda la noche.

Incluso creo que no dormí, no pude conciliar el sueño de solo pensar que una relación de ocho años estaba a punto de irse al tacho de la basura como esos papeles arrugados y viejos que uno ya no quiere usar ni ver.

Aún tenía los ojos medio llorosos. Traté de secarme las lágrimas pues en el interior del bus la empresa ofreció a los pasajeros un bingo cuyo ganador se haría acreedor a un pasaje de regreso. Reconozco que nunca puse a prueba mi suerte, pero aquella noche si no fuera por esa mala racha que me dio la llamada que tuve con ella, hubiera ganado el cartón. Es más, llegué a gritar la palabra bingo y encendí el botón desde la parte superior de mi asiento, avisando que había llenado el cartón completo, pero no era el único ganador. Había otro pasajero que también gritó: “bingo”. Para poder repartirnos la suerte, se tuvo que hacer un sorteo, en el cuál perdí. Esa derrota fue un claro presagio de lo que me ocurriría en el amor cuando llegara a la capital.

Dentro de mi pecho sentía una sensación de miedo al verme desprendido del ser que tanto amé. No quería ni pensarlo para no sentirme mal, así que llegué a Lima y cogí mis maletas para tomar un taxi hacia mi casa, me duché y la llamé para indicarle que había llegado y quedé encontrarme con ella a las once de la mañana en la esquina de su casa…

Esta canción la bailamos con mi familia, nos tomamos fotos, la pasamos de lo lindo. Cuando escucho esta canción, siempre me trae recuerdos de Piura…

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